Una mirada a la neuroeducación desde la experiencia docente y la ciencia
Por Nohemí López Abarca
Una lectura que amplió mi mirada sobre la educación
Hace un par de años, mientras realizaba una investigación educativa, una pregunta comenzó a despertar en mí una curiosidad cada vez mayor: ¿cómo aprendemos realmente?
Como docente, durante mucho tiempo me había interesado conocer metodologías, estrategias y recursos que favorecieran el aprendizaje. Sin embargo, aquella pregunta me llevó a mirar más allá de lo que ocurre frente al grupo y a interesarme por aquello que sucede en el interior de cada persona cuando aprende.
Fue entonces cuando llegó a mis manos un libro muy especial: Neuroeducación: solo se puede aprender aquello que se ama, del neurocientífico español Francisco Mora.
Recuerdo que su lectura amplió mi manera de comprender los procesos de enseñanza y aprendizaje. Me invitó a mirar el aula desde otra perspectiva y a reflexionar sobre algo que, aunque siempre había estado presente en mi experiencia docente, no había explorado con tanta profundidad: la relación entre las emociones, la curiosidad, la atención y el aprendizaje.
Francisco Mora, médico y doctor en Neurociencias, ha dedicado buena parte de su trabajo a estudiar y divulgar el funcionamiento del cerebro y sus implicaciones para la educación. En su libro nos acerca a una idea que merece nuestra atención: las emociones desempeñan un papel importante en los procesos que hacen posible aprender.
Aquella lectura no me ofreció una fórmula para enseñar mejor, ni resolvió todas mis preguntas. Por el contrario, despertó otras nuevas.
¿Por qué algunos aprendizajes permanecen en nuestra memoria durante años mientras otros parecen desvanecerse? ¿Qué papel desempeñan la curiosidad y la motivación? ¿De qué manera influye el ambiente emocional del aula en la disposición de nuestros estudiantes para aprender?
Desde entonces, he comprendido que hablar de educación implica también preguntarnos por el cerebro, las emociones y las experiencias humanas que acompañan el aprendizaje.
Y precisamente de eso quiero conversar contigo en este artículo: de lo que la neuroeducación puede ayudarnos a comprender y de cómo ese conocimiento puede enriquecer nuestra práctica docente, sin perder de vista algo fundamental: detrás de cada proceso de aprendizaje hay una persona.
¿Qué es la neuroeducación y por qué debería interesarnos?
La neuroeducación es un campo interdisciplinario que busca establecer vínculos entre la neurociencia, la psicología y la educación. Su propósito es contribuir a comprender cómo aprendemos y qué implicaciones pueden tener esos conocimientos para la enseñanza.
En su obra, Mora (2021) explora la relación entre la emoción, la curiosidad, la atención, la memoria y otros procesos involucrados en el aprendizaje.
Para quienes trabajamos en educación, estas aportaciones representan una oportunidad para ampliar nuestras preguntas sobre lo que sucede en el aula.
Sin embargo, debemos recordar que conocer un proceso cerebral no equivale a disponer automáticamente de una estrategia pedagógica eficaz. Las decisiones de enseñanza también requieren considerar la investigación educativa, las características de los estudiantes y las condiciones del contexto.
La neuroeducación no sustituye a la pedagogía; puede enriquecer nuestra comprensión de los procesos que la pedagogía busca acompañar.
Las emociones también participan en el aprendizaje
Una de las ideas que más llaman la atención al acercarnos a Francisco Mora es la importancia de las emociones. Pero ¿qué significa esto?
Immordino-Yang y Damasio (2007) explican que las emociones y los procesos sociales están profundamente relacionados con funciones cognitivas como la atención, la memoria y la toma de decisiones.
Esto ayuda a comprender por qué lo que sentimos puede influir en aquello que consideramos importante, en nuestras decisiones y en la manera de procesar ciertas experiencias.
No obstante, conviene evitar una interpretación equivocada: afirmar que las emociones intervienen en el aprendizaje no significa que solamente aprendamos cuando estamos felices o cuando una actividad nos resulta divertida.
También aprendemos mediante el esfuerzo, la práctica, la reflexión y la superación de dificultades.
En realidad, la relación entre emoción y aprendizaje es compleja. Por eso, el desafío educativo no consiste en transformar cada clase en entretenimiento, sino en construir condiciones que favorezcan la atención, la participación y la comprensión.
La curiosidad: una puerta hacia el conocimiento
Pensemos por un momento en un grupo de estudiantes.
Podemos comenzar una clase anunciando el contenido que corresponde estudiar. Pero también podemos iniciar con una pregunta interesante, una situación cotidiana o un problema que despierte el deseo de encontrar una respuesta.
No podemos asegurar que una pregunta llamativa produzca aprendizaje por sí sola. Sin embargo, despertar la curiosidad puede ayudarnos a dirigir la atención hacia aquello que queremos explorar.
Mora destaca la curiosidad como uno de los temas centrales de la neuroeducación.
En la práctica docente, esto nos invita a preguntarnos cómo presentamos los contenidos y qué oportunidades ofrecemos para que los estudiantes formulen sus propias preguntas.
Despertar el interés es importante, pero sostenerlo mediante experiencias de aprendizaje bien organizadas también lo es.
Del interés a la memoria: aprender necesita algo más
Seguramente hemos vivido una situación semejante: explicamos un contenido, nuestros estudiantes parecen comprenderlo y, algunos días después, descubrimos que una parte importante se ha olvidado.
Esto nos recuerda que escuchar una explicación o disfrutar una actividad no garantiza la permanencia del aprendizaje.
La investigación sobre psicología cognitiva aporta conocimientos valiosos en este sentido.
Dunlosky y colaboradores (2013) revisaron diferentes técnicas de estudio e identificaron evidencia especialmente favorable para la práctica de recuperación y la distribución del estudio a lo largo del tiempo.
En otras palabras, recordar activamente lo aprendido y retomarlo en distintas sesiones puede favorecer una retención más duradera.
Esto tiene implicaciones concretas para nuestra práctica.
Después de presentar un contenido, podemos pedir a los estudiantes que expliquen con sus propias palabras lo que comprendieron, respondan preguntas sin consultar sus apuntes o recuperen conocimientos trabajados durante clases anteriores.
Así, la curiosidad puede ayudarnos a iniciar el proceso, mientras que la enseñanza estructurada, la práctica y la retroalimentación contribuyen a consolidarlo.
¿Qué cambia cuando llevamos esta mirada al aula?
Imaginemos una situación cotidiana.
Una docente prepara cuidadosamente su clase. Ha organizado materiales, seleccionado actividades y previsto cómo evaluar. Sin embargo, al iniciar descubre que algunos estudiantes participan con entusiasmo, otros muestran inseguridad y algunos parecen completamente desconectados.
¿Qué hacemos frente a esta diversidad?
Podemos interpretar rápidamente que ciertos estudiantes no están interesados. Pero también podemos hacernos otras preguntas:
¿Comprendieron las instrucciones? ¿Qué conocimientos previos necesitan? ¿La actividad representa un desafío adecuado? ¿Se sienten en confianza para equivocarse? ¿Qué apoyos podríamos proporcionar?
Estas preguntas nos ayudan a mirar la participación desde una perspectiva más amplia, sin dejar de establecer expectativas claras de trabajo y convivencia.
Desde esta mirada, algunas decisiones pueden enriquecer nuestra práctica:
- Conectar los nuevos conocimientos con experiencias y saberes previos.
- Utilizar preguntas que despierten la curiosidad y favorezcan la reflexión.
- Ofrecer instrucciones claras y apoyos adecuados al nivel de los estudiantes.
- Construir un ambiente donde preguntar y equivocarse no implique humillación.
- Incorporar oportunidades para recuperar y aplicar lo aprendido.
- Observar las respuestas de los estudiantes y ajustar la enseñanza cuando sea necesario.
No se trata de estrategias mágicas ni exclusivamente neurocientíficas. Son decisiones pedagógicas que pueden dialogar con lo que conocemos acerca de la cognición, las emociones y el aprendizaje.
Un cuidado necesario: no todo lo que se dice del cerebro es ciencia
El creciente interés por la neuroeducación también ha favorecido la difusión de ideas que, aunque resultan atractivas, no siempre cuentan con suficiente respaldo científico.
Quizá hemos escuchado afirmaciones sobre estudiantes que supuestamente utilizan únicamente un hemisferio cerebral o sobre la necesidad de enseñar siempre de acuerdo con un estilo de aprendizaje fijo.
Estas explicaciones resultan fáciles de recordar y, en ocasiones, parecen ofrecer soluciones inmediatas a problemas complejos.
Sin embargo, la OCDE (2007) advirtió sobre la presencia de neuromitos: interpretaciones equivocadas o exageradas de conocimientos neurocientíficos aplicados a la educación.
Por eso, considero fundamental que nos acerquemos a la neuroeducación con entusiasmo, pero también con pensamiento crítico.
Antes de adoptar una propuesta presentada como «basada en el cerebro», deberíamos preguntarnos qué evidencias la respaldan, qué resultados se han observado y cuáles son sus limitaciones.
La ciencia nos invita a seguir preguntando, no a dejar de hacerlo.
Una reflexión para quienes enseñamos
Cuando recuerdo aquella investigación que me llevó a preguntarme cómo aprendemos y el encuentro con el libro de Francisco Mora, pienso en todo lo que una lectura puede despertar.
En mi caso, abrió nuevas preguntas sobre la enseñanza y me invitó a profundizar en dimensiones del aprendizaje que merecían mayor atención.
Hoy sigo considerando que las metodologías, las estrategias y la planeación son fundamentales. Pero también reconozco la importancia de comprender mejor cómo interactúan los procesos cognitivos, las emociones y las experiencias de nuestros estudiantes.
No necesitamos convertirnos en neurocientíficos para ejercer la docencia. Sí podemos acercarnos responsablemente a los conocimientos científicos que nos permitan comprender mejor nuestra labor.
Porque enseñar no consiste únicamente en presentar información. Implica diseñar oportunidades para aprender, acompañar procesos, reconocer dificultades y ayudar a construir conocimientos significativos.
Y quizá esa sea una de las reflexiones más valiosas que me dejó aquella lectura:
Comprender cómo aprendemos también transforma nuestra manera de enseñar.
Referencias
Dunlosky, J., Rawson, K. A., Marsh, E. J., Nathan, M. J., & Willingham, D. T. (2013). Improving students’ learning with effective learning techniques. Psychological Science in the Public Interest, 14(1), 4–58. https://doi.org/10.1177/1529100612453266
Immordino-Yang, M. H., & Damasio, A. (2007). We feel, therefore we learn: The relevance of affective and social neuroscience to education. Mind, Brain, and Education, 1(1), 3–10. https://doi.org/10.1111/j.1751-228X.2007.00004.x
Mora, F. (2021). Neuroeducación: Solo se puede aprender aquello que se ama. Alianza Editorial.
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2007). Understanding the brain: The birth of a learning science. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/9789264029132-en

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