El conductismo sigue en el aula: qué reforzamos sin darnos cuenta

Autora: Nohemí López Abarca

En el salón alguien levanta la mano antes de que termines la pregunta. Le das la palabra y la clase avanza. A la tercera o cuarta vez, quien necesitaba unos segundos para pensar quizá ya dejó de intentar participar. ¿Qué papel pudo tener la manera en que repartimos los turnos?

El conductismo ofrece una forma de mirar esa escena. Si una acción se repite, podemos preguntarnos qué sucede después y si esa consecuencia tiene algo que ver con que vuelva a ocurrir. El análisis empieza por lo que podemos describir en el aula.

Un punto de partida histórico

En 1913, John B. Watson defendió una psicología objetiva y experimental cuyo propósito teórico fuera predecir y controlar la conducta. Cuestionó que la introspección y el estudio de la conciencia constituyeran el fundamento del método psicológico. Su artículo es una fuente primaria para comprender ese programa histórico, no una guía actual de intervención escolar (Watson, 1913).

Décadas después, B. F. Skinner desarrolló un análisis de la conducta operante: acciones que producen consecuencias en el ambiente y cuya probabilidad futura puede cambiar en relación con ellas. Su formulación no debe confundirse con el condicionamiento respondiente, centrado en respuestas provocadas por estímulos. En Science and human behavior, ambas relaciones reciben tratamientos distintos (Skinner, 1953, caps. IV–V).

Watson y Skinner no son nombres intercambiables. Tampoco basta llamar «conductista» a cualquier clase con normas o práctica repetida. Para utilizar los conceptos con rigor necesitamos describir qué relación estamos analizando.

Refuerzo: una función que debe comprobarse

En el análisis operante, una consecuencia funciona como refuerzo si aumenta la probabilidad futura de la conducta. El refuerzo positivo implica presentar un estímulo; el negativo, retirar uno aversivo. En ambos casos se fortalece la conducta. El refuerzo negativo no equivale a castigo. Además, la intención de premiar no basta para demostrar una función reforzante (Skinner, 1953, caps. V y XI).

Pensemos ahora en un ejemplo propio. Un estudiante revisa el razonamiento de un compañero y recibe un comentario que reconoce con precisión esa ayuda. Si esa forma de colaboración aumenta posteriormente en situaciones comparables, podríamos considerar la hipótesis de una función reforzante. Una felicitación aislada no permite cerrar la explicación.

El ejemplo muestra por qué conviene observar antes de etiquetar. Que el profesor juzgue agradable una consecuencia no significa que el estudiante la viva del mismo modo. Un reconocimiento público podría ser deseado por alguien y resultar incómodo para otra persona. Las preferencias tampoco se adivinan a partir de la edad o de un diagnóstico.

Lo que una recompensa permite observar y lo que deja pendiente

Imaginemos una plataforma que otorga insignias por completar diez ejercicios. El registro permite saber que se completaron. Todavía faltan otras preguntas: ¿se entendió el procedimiento?, ¿se detecta un error?, ¿se puede resolver una situación diferente? La insignia, por sí misma, no responde a ninguna de ellas.

La distinción importa al evaluar. Si la meta es argumentar, leamos los argumentos. Si la meta es aprender a trabajar en equipo, miremos quién hizo qué y cómo se tomaron las decisiones. El número de ejercicios completados responde a una pregunta distinta.

También podemos revisar qué dejamos inadvertidamente fuera del reconocimiento. Si solo atendemos respuestas correctas y veloces, ¿qué lugar damos a quien vuelve sobre un error y explica su cambio? La pregunta no demuestra un efecto causal; ayuda a revisar la correspondencia entre propósitos y prácticas.

Una revisión que puede empezar con una sola actividad

Elige una actividad que ya haces. Puede ser la puesta en común después de un problema. En lugar de anotar «participaron bien», fíjate en una acción concreta. Por ejemplo, si alguien explicó por qué cambió de respuesta después de escuchar a otra persona.

Después miramos qué sucede antes y después de esa acción. ¿La consigna permite realizarla? ¿Hay tiempo? ¿Qué respuesta recibe de los compañeros y del docente? Podemos tomar unas notas descriptivas sin convertirlas de inmediato en una explicación sobre la intención del estudiante.

El paso posterior consiste en ajustar algo que esté bajo nuestra responsabilidad. Por ejemplo, dar tiempo para preparar una justificación y comentar su contenido, en lugar de reconocer únicamente la rapidez. Al revisar producciones posteriores, observaremos si aparecen mejores razones. Este seguimiento orienta una decisión de enseñanza; no constituye por sí mismo un experimento que pruebe causalidad.

Límites que importan al educar

Comprender un concepto no autoriza a utilizar cualquier procedimiento. En esta propuesta, la seguridad, el trato digno, las necesidades básicas y la posibilidad de pedir ayuda se consideran condiciones de la vida escolar, no premios que haya que ganar. Es un criterio ético de la orientación editorial, no una conclusión atribuida automáticamente al conductismo.

Asimismo, una conducta observada necesita contexto. Una tarea sin entregar puede relacionarse con falta de comprensión, recursos insuficientes u otras condiciones que todavía desconocemos. Aumentar la presión antes de preguntar puede dejar intacto el obstáculo real. Describir lo visible exige mantener abiertas preguntas sobre la situación.

El constructivismo y el humanismo formularán otras preguntas acerca del conocimiento, la experiencia y la relación educativa. No son versiones equivalentes del análisis operante, y combinarlos en una planeación exige explicar qué aporta cada perspectiva y para qué.

Volvamos a la primera escena. Mañana podrías dejar unos segundos para pensar antes de ofrecer la palabra y escuchar qué razones aparecen. Observa si alguien que solía quedarse callado encuentra espacio para intervenir. Esa respuesta te dará algo concreto para decidir cómo organizar la siguiente conversación.

Referencias

Skinner, B. F. (1953). Science and human behavior. Macmillan. Texto digital de B. F. Skinner Foundation.

Watson, J. B. (1913). Psychology as the behaviorist views it. Psychological Review, 20(2), 158–177. https://doi.org/10.1037/h0074428. Texto original reproducido por York University.

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