Cuando los adultos no estamos de acuerdo

Autora: Nohemí López Abarca

Escuela para Padres · Reflexión educativa

«¿Puedo ir a jugar?». Alguien le dice que sí a la niña. Desde la otra habitación, otra persona responde: «Todavía falta la tarea». La niña se queda en la puerta, con los zapatos puestos, esperando saber a quién hacerle caso.

En Escuela para Padres podemos hablar de escenas como esta porque el cuidado se comparte de muchas maneras. A veces la diferencia surge entre quienes viven en casa. Otras, entre la abuela que recoge a la niña y la persona que vuelve del trabajo.

Hay diferencias de horarios, criterios y responsabilidades. Pretender que todos respondan exactamente lo mismo puede ser poco realista. Lo que sí podemos cuidar es la manera de conversar y el lugar que damos a niñas y niños dentro del desacuerdo.

Escuchar a la niña sin ponerla en medio

Podríamos decirle: «Te dimos dos respuestas distintas. Cuéntanos cuánto te falta de la tarea y vemos si todavía hay tiempo para jugar». La niña puede contar su parte sin tener que escoger a quién apoyar.

Esto no requiere fingir unanimidad. Podemos decir: «Yo había entendido que la tarea estaba terminada. Ahora sabemos que falta una parte». Reconocer información incompleta resulta más honesto que culpar a la niña por haber preguntado a dos personas.

Hay frases que conviene retirar de esa conversación: «Dile tú que exagera», «conmigo sí puedes, pero ya sabes cómo es» o «si me quisieras, me darías la razón». Son maneras de trasladar un conflicto adulto a quien no tiene la responsabilidad de resolverlo.

El mismo cuidado se aplica cuando un vecino, familiar o docente discrepa de una decisión. Puede expresar una preocupación y aportar información, pero la cercanía no le concede las mismas atribuciones que a quienes tienen una responsabilidad de cuidado definida. La corresponsabilidad social necesita reconocer esos límites.

Hacer acuerdos que puedan cumplirse

Cuando la situación esté tranquila, ayuda hablar de un caso específico. «Nos cuesta coordinarnos con la salida al parque» abre una conversación más concreta que «tú siempre me contradices». Podemos aclarar quién confirma el permiso, qué información hace falta y cómo comunicar un cambio.

También podemos explicar a los niños que existen criterios diferentes entre espacios. Una actividad permitida en casa puede requerir otras condiciones en la escuela. Podemos explicar por qué existe esa diferencia sin desacreditar al otro adulto.

Si hubo una discusión delante de ellos, podemos decirles: «Nos hablamos mal y no estuvo bien. Estamos ocupándonos del asunto». No necesitan detalles íntimos ni la obligación de tranquilizar a las personas mayores.

Esta orientación se refiere a desacuerdos cotidianos. Ante una conducta que ponga en riesgo o humille a un niño, la prioridad es protegerlo. Mantener una apariencia de acuerdo no justifica callar ni posponer una intervención necesaria. Familias, escuelas e instituciones conservan sus funciones específicas.

Puede que el acuerdo de hoy sea tan sencillo como terminar una página y salir después. Si lo explicamos con calma y lo sostenemos entre quienes estamos a cargo, la niña podrá volver a ocuparse de lo suyo.

Reflexión educativa sobre la convivencia.

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