Rosario Nohemí López Abarca / Excelencia de lo Alto · Reflexión
Es sábado. Pones la tetera y sacas ese libro que llevas semanas queriendo abrir. Entonces ves la ropa por doblar y te dices: «Primero termino esto». Para cuando te sientas, ya salió otro pendiente.
A veces nos cuesta dar tiempo a lo que disfrutamos precisamente porque nadie nos lo pide. El libro puede esperar. También la llamada a alguien que extrañamos o esa canción que siempre escuchamos a medias. Y si dejamos todo eso para cuando acabemos lo demás, es fácil que llegue la noche sin haber hecho espacio para algo que nos daba gusto.
En Excelencia de lo Alto hablamos de crecer como personas. La formación y el trabajo tienen su lugar. También merece atención algo que rara vez aparece en el currículum: qué nos gusta hacer cuando podemos elegir. Tal vez sea dibujar, preparar un platillo con alguien o quedarnos un rato más en la mesa porque salió una anécdota que nunca habíamos oído.
No todas las semanas dejan el mismo margen. Hay días en que el trabajo y el cuidado de otras personas ocupan casi todo el tiempo. Si eso se vuelve costumbre, quizá haga falta conversar en casa sobre quién puede encargarse de alguna tarea. A veces, para que alguien tenga un rato suyo, otra persona necesita decirle «yo me ocupo de esto hoy» y cumplirlo.
También podemos volver a una afición sin llenarla de metas. Si hace tiempo que no pintas, puedes sacar tus acuarelas y probar un color. La hoja puede quedarse sobre la mesa, aunque al final solo tenga unas manchas que te gustó hacer.
Desde la fe, esos ratos también pueden ser una ocasión para dar gracias a Dios. A veces basta una oración breve al terminar la sobremesa, cuando todavía nos da risa algo que se contó y agradecemos haber estado ahí para escucharlo.
Tal vez el próximo sábado alcances a abrir ese libro mientras se hace el té. Si tienes diez minutos, lee lo que quepa en esos diez minutos. La ropa puede esperar un rato.

Deja una respuesta