Rosario Nohemí López Abarca / Reflexión
Una estudiante levanta la mano. Su pregunta tiene que ver con la clase, pero nos lleva un poco más allá de lo que habíamos preparado. Tenemos una respuesta a medias. La tentación es decirla con suficiente seguridad para seguir adelante.
Antes de responder vale la pena detenerse un segundo. ¿Esto lo sé o solo me suena? La diferencia parece pequeña hasta que alguien anota nuestra respuesta y la lleva consigo como un dato cierto.
Podemos decirlo con palabras sencillas: «Tengo una idea, pero prefiero comprobarla. Mañana retomamos tu pregunta». Entonces toca hacerle espacio al día siguiente, aunque el tema de la clase ya sea otro.
El peso de nuestra palabra en el aula
Hay estudiantes que anotan lo que decimos sin preguntarse de dónde viene. Confían en nosotros. Esa confianza convive con una forma de enseñar que durante años puso al docente al frente para explicar y al alumnado en su lugar para escuchar. La costumbre se nota cuando alguien pregunta «¿Así está bien, maestra?» antes de detenerse a pensar qué razones tiene para sostener su respuesta.
Nuestra palabra tiene peso. Por eso importa preparar las clases con cuidado, mantenernos al día y ser claros cuando un dato necesita comprobarse. Si nos equivocamos, también nos toca volver y decir dónde estuvo el error. Ese es el compromiso profesional y ético que merece el grupo. La excelencia se juega en decisiones tan cotidianas como dedicarle tiempo a una duda que habría sido fácil dejar pasar.
Al día siguiente, podríamos retomar la pregunta de la estudiante y mostrar lo que encontramos. Luego podemos abrir la conversación: «¿Qué parte de esta explicación responde a tu pregunta? ¿Qué nos falta por averiguar?». Quizá alguien traiga un ejemplo que amplíe lo que vimos. Otra persona podría señalar un caso que nos obligue a revisar la explicación. Nos corresponde ayudar al grupo a comparar esas aportaciones y a distinguir una idea interesante de una conclusión que ya podemos sostener.
En Pedagogía de la autonomía, Paulo Freire (1997) propone entender la enseñanza como una práctica que abre posibilidades para que quienes aprenden participen en la construcción del conocimiento.
Construir conocimiento juntos también se planea. Podemos reservar unos minutos para que cada quien escriba qué piensa antes de escuchar la respuesta del grupo. Después, al consultar una fuente o comparar ejemplos, podemos pedirles que expliquen qué les hizo cambiar de opinión o por qué mantienen la que tenían. Así, cuando surja una pregunta fuera del aula, tendrán algo que hacer con ella: buscar, comprobar y formarse un juicio propio.
Cuando surja otra duda, quizá alguien se anime a decir: «Yo encontré algo que dice otra cosa». Vale la pena hacerle espacio a esa intervención. Podemos pedirle que muestre lo que encontró y, con el grupo, revisar si esa información amplía la explicación, la contradice o se refiere a un caso diferente. Ahí también estamos enseñando.
Referencia y lectura sugerida
Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa (G. Palacios, Trad.). Siglo XXI Editores. Consultar la ficha bibliográfica.
Para seguir con esta reflexión, puedes empezar por el capítulo «Enseñar no es transferir conocimiento». Consultar el texto.

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